La historia de cómo unos vegetales fermentados terminaron llevándome a enamorarme de un pequeño mundo microscópico.

Mi amor por la kombucha surgió durante la pandemia.

En ese entonces había renunciado a mi trabajo en busca de libertad y del sueño de la “emprendización”.

Spoiler: ni tuve la libertad que imaginaba, ni fue para nada el sueño que tenía en mente.

La pandemia me llevó a alejarme del negocio que estaba construyendo en ese momento: la micropigmentación de cejas. En aquellos días, estar en contacto tan cercano con el rostro de otras personas no era precisamente lo más viable.

Ahora que lo veo en retrospectiva, no sé si realmente me alejó de aquel camino… o si, de alguna manera, me direccionó hacia un lugar donde definitivamente soy más feliz.

Encerrada, como todo el mundo, y con mucho tiempo para explorar, me dediqué a ver videos de YouTube. Hasta que un día apareció uno que llamó poderosamente mi atención:

CHUCRUT.

REPOLLO FERMENTADO CON BETABEL

También conocido como repollo fermentado.

Quedé fascinada. Esa misma tarde me puse a fermentar prácticamente todos los vegetales que tenía en la despensa. Agua, sal y un frasco hermético. ¡Listo!

Podía pasar horas observando cómo, poco a poco, aparecían las burbujas. Y mientras las veía formarse, mi mente no dejaba de preguntarse:

¿Qué estará sucediendo en aquello que mis ojos no pueden visualizar?

Desde pequeña, mis padres —ambos QBP, Químicos biólogos Parasitólogos— me hicieron crecer con la conciencia de que, aunque no podamos verlos, en prácticamente cada superficie, por más sanitizada que esté, existe vida microscópica.

Al fermentar, recordaba sus palabras y, de alguna manera, para esta persona socialmente introvertida-extrovertida-solitaria, aquello comenzó a sentirse como una compañía.

Sentí una profunda paz, dejé de sentirme sola. Me sentía como una pequeña brujita con sus calderos, rodeada de seres mágicos. Y la cosa no terminó ahí.

En mi constante experimentación pasé por vegetales fermentados, sidra, hidromiel, vinagre de manzana, kéfir, tepache y muchas otras aventuras.

Hasta que me topé con la kombucha.

Y OMG. (Dios mío, en inglés. Jijiji). Fue un antes y un después en mi relación con los fermentos.

Me emocionó por muchas razones, pero hubo tres cosas que particularmente llamaron mi atención.

La primera: es un fermento muy peculiar. A diferencia de muchos otros procesos de fermentación, la kombucha se desarrolla en presencia de oxígeno, especialmente durante su primera fermentación.

ANATOMÍA VITROLERO CON CULTIVO DE KOMBUCHA

La segunda: su proceso depende de una simbiosis.

Y hasta la palabra me parece hermosa.

Simbiosis proviene del griego antiguo: σύν (syn, “junto” o “con”) y βίωσις (biosis, “vivir” o “vida”).

Literalmente: “vivir juntos”.

¿No es precioso?

Pero hubo una tercera cosa que me fascinó todavía más: en la kombucha, de cierta manera, puedes llegar a observar parte de esa comunidad de microorganismos.

Cuando conseguí mi primer SCOBY —siglas en inglés de Symbiotic Culture of Bacteria and Yeast, o cultivo simbiótico de bacterias y levaduras— no pude dejar de observarlo durante días.

Y aquí hago una pequeña aclaración para quienes apenas comienzan en este mundo: aunque por su apariencia blanquecina, gelatinosa y un poco extraña pueda parecer un hongo, el SCOBY no es un hongo. Es una comunidad simbiótica de bacterias y levaduras que trabaja en conjunto durante la fermentación.

Una vez que preparas la mezcla de té y agregas el cultivo, solo es cuestión de tiempo para comenzar a observar cambios.

Aparecen nuevas capas de celulosa. Se forman burbujas. Se producen ácidos. Las levaduras y las bacterias comienzan a transformar los azúcares y, poco a poco, aquello que parecía simplemente un té se convierte en otra cosa.

Y yo solo podía pensar:

“Qué bello”.

Qué locura pensar que, desde hace tantos años, estos microorganismos han establecido una especie de pacto microscópico: coexistir, trabajar juntos y transformar.

En este caso, transformar té —verde, negro o blanco— en una bebida completamente distinta, llena de personalidad, acidez y ese carácter tan particular que tiene la kombucha.

Además, durante la fermentación se producen ácidos orgánicos y otros compuestos que hacen de esta bebida algo fascinante desde el punto de vista microbiológico.

Y aquí entra mi parte favorita.

Mi mente fantasiosa no puede evitar imaginar este proceso como un pequeño ciclo de cooperación.

Yo alimento a estos microorganismos, ellos transforman aquello que les doy. Y al final, yo también recibo algo de esa transformación.

Quizá por eso me gusta tanto la fermentación.

Porque, cuando la observas con suficiente atención, te recuerda que la vida rara vez ocurre de manera aislada.

Hay organismos que viven juntos.

Que se necesitan.

Que transforman su entorno.

Que crean algo nuevo a partir de lo que reciben.

Y de alguna manera, al alimentar mi kombucha, siento que también me vuelvo parte de ese ciclo.

Un pequeño eslabón dentro de una cadena de vida microscópica que lleva existiendo mucho antes de que nosotros siquiera supiéramos que estaba ahí.

Un ciclo fermentista.

Hermoso, extraño, invisible…

y absolutamente fascinante.

Ese fue el momento en que comenzó mi romance con la kombucha.

Gracias por leer. Marce